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Yo ya no soy yo...

El verde es tan verde que yo ya no soy yo;
El cante interpretó en cada amanecer el himno de Rusia, y así despertó aquella musa. El viento no calló y la madera chirrió en cada ángulo del mármol.
En escena apareció una explosión y así se formaron los astros, y luego sus simbólicos ojos.

¡Ahora lo entiendo! La poesía se esfumó con ella, la filosofía enmudeció en silencio, el arte murió por ella. ¡Ahora lo entiendo!
Aquella musa juega con el lenguaje como si fuera barro. Se hace dueña de las figuras retóricas, seduciendo con sus hiperbólicos labios. Los colores están condenados a pertenecerla, las ideologías se esconden cuando ella es.
¡Ahora lo entiendo; Qué yo ya no soy yo!

Entre Barcelona y el Arte...

La colmena presenció el ocaso, salieron las abejas batiendo el vuelo. No dolió, pero dejó huella. Nadie lo temió, pero se apenaron. Largas escaleras de miel y escarcha.
Dientes tallados con piedra, esculturas sin manos. Los últimos hombres se hundieron en sus bocas de cieno. Con un manto vistió Barcelona, precediendo el Arte, como siempre.
Entre Barcelona y el Arte; algunos se dejaron la Vida.
Entre Barcelona y el Arte. Una publicación compartida de Antoni G. Martínez (@antonygmartinez) el 9 de Jun de 2017 a la(s) 3:02 PDT

Del tiempo, sueño y corcel...

Léeme como te leo, pero después del tiempo. No permitas que nadie me mate hasta que no vuelvan a empañarse las gafas al esconder mis labios entre tus piernas.

En tu cara afluyen dos ríos y por nada van a secarse. ***
Por la llanura escuché las zancadas, retumbando por la ciudad, después recordé aquel soñito de la pena y la calma; y comencé a recordar polvo, agua y fango.
Maldita seas, naturaleza onírica teñida de pena. ***
En mi piel cicatriza tu nombre la yerra; que parece llamarse Vida, y si lo yerro por Pena será problema mío. Odiarte, porque puedo pero hoy ya te quiero.
Cayeron tus lágrimas y al galope le siguió el existencialismo. ***

Pero ella fue tan diferente...

Otra vez en otro intento nuevo, en un lugar distinto con acompañante diferente, vistiendo diferente. Volviendo a presentarme de otra forma —más atractiva, más seductora—. Permutando respuestas a preguntas repetidas. Como el fuego volátil.
Hasta que aparece el «después» en escena, entonces; Acabo siendo el mismo de siempre, rompiéndome los mismos sueños de la misma forma, concluyendo la conversación sin originalidad añadida. Veo pasar las mismas sombras, abriéndome las mismas heridas. Pero ella fue tan diferente... Ídem.
Cada día lo intento de nuevo, creedme. Haciendo las mismas cosas en lugares diferentes.

Tú, mi siglo de oro...

Eres quien tornó en rico al poeta más pobre, de tu hermosa naturaleza tantos se inspiraron. Vives en una constante tragicomedia canonizada —fuiste mi mártir áureo durante cien años—. Tú no eres corriente, que a ti te crearon los grandes intelectuales. A mi no me engañas en esta vida ni en otro sueño.